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40 días aquí y hoy me decido a escribir sobre lo que pienso de ellos, no se muy bien como se irá desarrollando la vida, pero como muchas veces peco de precipitación, si me voy “de largo” mejor que sea escribiendo.
El primer día que llegamos a Camariñas, un jueves soleado y caluroso, la verdad es que nos llevamos una desilusión bastante grande, quizás eran tantas las ganas de encontrar nuestro hogar que lo idealizamos antes de conocerlo, no dijimos nada, quizás por no desilusionar, por no hacerlo más difícil, dentro de lo feo de la situación fue un gesto maravilloso, la complicidad son momentos como este, con una mirada, con un gesto nos lo dijimos todo.
Encontramos Camariñas un día de sol (creo que ya lo he dicho antes...), después de un viaje que nos hizo tener la sensación de que esto está demasiado lejos, no hayamos más encanto que el que nos proporcionó el mar y la preciosa ría que bañan estas tierras, para dar la “puntilla” no conseguimos alcanzar el objetivo principal del viaje, que no era otro que el poder ver lo que sería nuestro hogar, así que con más pena que gloria regresamos a Vigo, con una sensación muy diferente a la que esperábamos tener, podría decir que la ilusión se convirtió en resignación.
Bueno, olvidamos este episodio, que ni siquiera comentamos (no necesitábamos hacerlo, lo sabíamos) y el Sábado de nuevo hacia nuestro nuevo hogar, esta vez el viaje fue un poco menos largo, pero la lluvia lo impregnó de nostalgia, como por arte de magia a medida que nos acercábamos el sol fue ganando espacio a las nubes y para cuando conseguimos llegar el día ya era radiante y luminoso, no sé por qué motivo pero esta vez sentí alegría, y buscando mis otros ojos, comprobé que sentían lo mismo que yo, ver brillar su expresión con esa sonrisa que me enamora cada vez que me la regala, confirmó que lo del primer día no era exactamente la sensación correcta, podríamos decir que ni blanco ni negro, que nos tocó gris, y que de muy oscuro pasó a muy claro.
Después comprobamos la diferencia con que se ve todo desde una posición unos metros por encima del suelo, las vistas desde el piso eran espectaculares, nada que ver con lo que se puede apreciar desde la calle, creo que esto reforzó nuestra ilusión y sonreímos al unísono, esta vez nos miramos y compartíamos alegría en lugar de desazón.
Dos días para hacer gestiones nos hicieron echar de menos el “cacharro” que nos llevaba y traía en Ibiza, e incluso nos preocupó, pero más por lo desacostumbrados que por la realidad de las cosas, luego comprobaríamos que nuestra vida, la mayor parte del tiempo, transcurriría en una distancia de 100 metros, el trabajo de Silvia cruzando la calle, el Pabellón y la guardería a 100 metros en sentido contrario, y el mismo centro del pueblo sólo unos doscientos metros más allá…
Los primeros días fueron una especie de “revival” gastronómico, todo aquello a lo que no teníamos acceso en Ibiza lo degustamos aquí, comprobando además lo económico del festín y de la mayor parte de las cosas en general, también enseguida comprobamos que aquí hay lo estrictamente necesario, sólo hay para elegir supermercados, los demás servicios comerciales carecen de competencia, puesto que hay a lo sumo uno de cada o en algunos casos ninguno, acostumbrados a tener un cyber-locutorio en cada esquina, aquí no hay ni el primero…
Poco a poco también comprobamos otras ventajas de nuestro nuevo hogar y seguro que las más importantes y el principal motivo de nuestro traslado, la cercanía con la familia, recibimos visitas de mis padres, hermanos e incluso de unos primos con los que me crié y que no conocían ni a Silvia, ni a Theo, y por fín la llegada de Iria, la pata que le falta a la mesa para estar completos, y que disfrutamos durante dos semanas, algo prácticamente imposible en Ibiza.
Poco a poco vamos conociendo a la gente, y la gente mucho antes a nosotros, en un pueblo tan pequeño no hay muchas cosas de que hablar, y unos recién llegados desde la isla de la fiesta son un buen motivo para perder el tiempo chismorreando, mis nuevos pupilos, tan diferentes en todo a los anteriores, es curioso comprobar y recordar la diferencia que hay entre personas de un mismo país que al final creo que es lo único que tienen en común, el idioma es distinto, las costumbres, la forma de ser, en fin, que uno entiende a veces que lo de las banderas tienen en parte su razón de ser. Hay que adaptarse a todo esto, pasar de convivir con personas abiertas y muy dadas al hablar por hablar, a personas mucho más cerradas que no hablan ni medio gramo de más, aunque la mayoría cuando lo hacen es por algo, aquí si te dicen que hay que quedar un día se queda, si te invitan algo es de verdad, si hay que hablar algo se habla ya, bueno aunque como en todos lados hay de todo… (continuará…)
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